5 mar. 2016

Tailandia II y Laos

Ha sido hasta el momento nuestro viaje más largo. Hemos vuelto a Tailandia, pero hemos visitado lugares como Ayutthaya, Khao Yai o la mágica Koh Lanta que no conocíamos, y hemos repetido otros (Bangkok) pero para vivir en ellos experiencias distintas a las de aquella primera vez. Además, hemos aprovechado para visitar Laos, donde hemos descubierto una ciudad que nos ha cautivado: Luang Prabang.

Llegamos a primera hora de la mañana a Bangkok. Para ir del aeropuerto de Suvarnabhumi al hotel cogimos el Airport Rail Link hasta la estación de Phaya Thai y ahí cambiamos al BTS. En algo menos de una hora llegamos a nuestro destino.
Es la segunda vez que visitamos Bangkok, pero sabemos que en esta ocasión nos va a mostrar de nuevo todo aquello que tanto nos gustó de ella y a enseñar muchas cosas que aún desconocemos.
Cenar en Chinatown, visitar el domingo el mercado de Chatuchak, asistir a una de las múltiples ferias gastronómicas o culturales que celebran en la explanada del Central World, o recorrer cualquiera de los barrios de la ciudad y ser testigo de cómo la vida de los vecinos se desarrolla casi todo el tiempo en la calle, es sencillamente genial. Empaparse de las imágenes que la ciudad ofrece es un regalo para los urbanitas como nosotros. Es así, andando, además, como se descubren algunos de los rincones más encantadores que guarda Bangkok, como el templo que encontramos junto a la parada de metro de Sam Yan.

De las visitas que hicimos en nuestro primer viaje, solo quisimos repetir una, la del Gran Palacio, pero tras comprar la entrada, acceder y comprobar que era imposible moverse entre tanto grupo y palos de selfie, decidimos salir enseguida. Puesto que estábamos cerca, nos acercamos a ver la famosa calle de los mochileros, Khao San road, dimos una vuelta por allí, comimos y por la tarde nos fuimos al Monte Dorado donde está el Wat Saket, una visita que recomendamos sin dudar.

Una visita que, para nosotros, valió la pena y mucho fue la que hicimos a Ayutthaya. Cogimos una minivan en los alrededores de Victory Monument (preguntamos hasta saber desde dónde salían los que iban en la dirección que nos interesaba) y en una hora llegamos a nuestro destino. Una vez allí, pactamos con un conductor de tuk tuk el precio para que nos fuera llevando a los templos principales, y la visita (pese a que ese día pasamos un poco de frío aunque suene a broma hablando de los alrededores de Bangkok) fue maravilloso.

Una de las experiencias que con más cariño recordaremos del viaje fue la clase de cocina tailandesa a la que nos apuntamos en Silom Thai Cooking School. Una clase completísima, muy participativa, que empezó comprando en el mercado y preparando después todos los platos del menú que había previsto (en la sede central de la escuela, por cierto, un lugar precioso).

Por cierto, e hilando con el tema gastronómico: recorrer los pasillos del supermercado de Siam Paragon o visitar la zona de restauración del MBK  Center se quedan ya como una de nuestras recomendaciones para quienes quieran alucinar con la cantidad de productos que venden en el supermercado o probar especialidades de comida callejera en un entorno más fresco que la calle.

Otros lugares que visitamos y nos encantaron y no queremos dejar de anotar para que no se nos olviden son: el mercado flotante de Taling Chan (para llegar hasta él cogimos el autobús número 79 a las puertas del Central World), el templo hindú de Sri Mariamman o el parque Lumpini. ¡Ah! Y siguiendo los consejos de la Lonely Planet buscamos hasta dar con él, el Ruen-Nuad Massage Studio (en el número 42 de Thanon Convent), donde nos dimos un masaje de pies increíble.

Tras seis días en la capital, dejamos Bangkok y cogimos una mini van para ir hasta Pak Chong. Una vez allí, llamamos a los chicos de Greenleaf Tour para que nos recogieran. Empezaba nuestra visita al parque nacional más antiguo del país. Llegamos a Khao Yai a mediodía y después de comer, comenzamos nuestro medio día de excursión para ver cómo, al atardecer, millones de murciélagos dejan atrás la cueva en la que se refugian para iniciar su caza nocturna.

Al día siguiente nos adentramos en el Parque Nacional con la misión de descubrir la vida que se esconde entre la vegetación del parque: aves, monos, mariposas, cocodrilos, grandes mamíferos. Aunque finalmente no conseguimos ver ningún elefante, que era el atractivo principal del parque, el trekking fue chulísimo.

Tras estos maravillosos días por Tailandia, nuestra siguiente visita será Luang Prabang. Llegamos desde Bangkok en avión (16:15-18:05). Desde el aeropuerto fuimos al hotel en tuk tuk (50.000 kips). Esa noche cruzamos el puente de bambú para hacer una primera visita al centro y al mercado nocturno.

Para entrar a Laos hay que gestionar el visado en el propio aeropuerto. Hay que llevar una foto de carnet y pagar 30 euros.

Al día siguiente llega el momento de recorrer la ciudad y visitar sus templos. Empezamos por el espectacular That Chomsi subiendo hasta el Phu Si. Una visita muy recomendable, puesto que en el ascenso vas descubriendo templos y figuras de Buda (incluso su supuesta huella) que hay entre las rocas y la vegetación.
El resto de los templos de la ciudad son también espectaculares, dando un agradable paseo se recorre la mayoría hasta llegar al Wat Xieng Thong, uno de los más turísticos pero que también hay que ver.

Si el paseo nos ha cansado, siempre se puede ir a descansar a Utopía, un oasis para relajarse con cojines reclinables y cerveza fría, cocos, zumos, tés revitalizantes…

Un buen plan para acabar la tarde, ver la puesta de sol desde una barca. Paseando por la orilla del Mekong te ofrecerán el viaje los propios barqueros (precios sobre 40.000 kips de 16:30 a 18:00).

Aprovechamos nuestra estancia en Luang Prabang para participar en el tour “un día como mahout” de Elephant Village. Nos recoge en el hotel el guía que nos acompañará. Escogimos Elephant Village porque después de mucho leer, y tras hablar con personas que ya habían hecho el tour allí, nos pareció que eran los más respetuosos con los animales y nos gustó su filosofía.
El campamento está gestionado por una pareja de alemanes que rescata elefantes que han sido utilizados en duros trabajos y les dan aquí una segunda vida, vigilando que solo trabajen determinadas horas al día y porque de alguna manera tienen que financiar su cuidado y alimentación.
El tour de medio día que hicimos nosotros consiste en una breve explicación del lenguaje básico que utiliza el mahout, un trayecto en elefante y el momento de bañar a los elefantes en el río. Después, cunado los elefantes se van a descansar, por la tarde visitas en barquita unas cataratas y vuelves al campamento para regresar al hotel. Precio, alrededor de 100$ por persona.

Luang Prabang es también un buen destino para recorrer en bici. Nosotros así lo hicimos y nos encantó. Nos las prestan en el hotel y, aunque son un poco viejecillas, con ellas recorremos el centro de la ciudad de nuevo y finalmente cruzamos a la otra orilla del Mekong con un ferry (10.000 kips por persona); a este lado, junto a la localidad de Ban Xieng Maen se pueden realizar varios circuitos (por caminos de tierra) para ir visitando algunos pequeños poblados que se extienden por la zona.

Otra visita que puede llevarse a cabo fácilmente desde la ciudad es la de Pak Ou Cave. La cueva, en realidad hay dos, repleta de figuras de Buda, es la excusa, lo mejor de la excursión es la travesía hasta allí, recorrer el Mekong hasta las cuevas te permite disfrutar de unos bonitos paisajes de una manera relajada. El viaje cuesta 65.000 kips comprando el billete directamente en el embarcadero que hay frente a la cafetería Saffron u 80.000 si se compra en una agencia.
Se tardan 2 horas hasta llegar, 1 para la visita y 1 hora y media para regresar.

Por último, otra experiencia particular de Luang Prabang es la ceremonia del Tak Bat al amanecer (a las 6h). Los monjes recorren las calles descalzos mientras los fieles depositan pequeñas bolitas de arroz en sus cuencos. Nosotros la vimos desde la zona de nuestro hotel (alejada del centro) y por lo que hemos leído, fue menos multitudinaria pero más auténtica que si e acercas al centro a verla, puesto que no estábamos rodeados de turistas como parece que ocurre en el otro supuesto.

Con pena y encantados de haberla conocido, nos despedimos de la ciudad cogiendo el sleeping bus que nos llevará a Vientian (comprando el billete en una agencia nos cuesta 175.000 kips por persona con el desplazamiento en tuk tuk a la estación incluido). ¿Recomendable? Bueno, a nosotros nos gustó la experiencia, pero un trayecto tan largo por esas carreteras llenas de baches, no es tampoco una maravilla…

La capital de Laos no es un lugar que nos haya gustado especialmente, pero, aprovechamos los días que pasamos en ella para ver cuantas más cosas, mejor: sus templos (Wat Si Saket, Haw Pha Kaeo, Wat Si Muang, Pha That Luang…); el mercado de Talat Sao; su arco del triunfo, Patuxai; el conjunto de esculturas de Xieng Khuan (llegamos con el autobús 14 desde la estación junto a Talat Sao), exprimiéndola al máximo.

Tras nuestra estancia en Vientian, volamos a Krabi. Pasamos la noche en Krabi para marchar al día siguiente hacia Koh Lanta. Si pudiésemos volver atrás, intentaríamos evitarlo, ya que no acabamos de verle el atractivo a la ciudad, pero es cómodo porque es desde aquí desde donde parte el ferry que nos llevará a la isla.

¡Qué días tan maravillosos pasamos en Koh Lanta! Tal vez no destaque por tener las playas más espectaculares del país, pero por su ambiente relajado a nosotros nos ha conquistado.
Aunque teóricamente el ferry desde Krabi tarde dos horas en llegar, el viaje realmente se alargo hasta tres. En el puerto de Saladang pagamos la tasa de 10 baths que hay que abonar por entrar a la isla, y desde ese momento, nuestro plan fue descansar y disfrutar de esta isla que nos enamoró inmediatamente.
Un buen plan en Koh Lanta es alquilar una moto e ir a visitar otras playas (nosotros en concreto fuimos hacia el sur de la isla, y nos encanto descubrir Kantiang Bay, por ejemplo).

De Koh Lanta viajamos hasta Ao Nang, nuestra penúltima parada en el viaje. Decidimos pasar unos días aquí para poder visitar algunos de los lugares más populares de la zona (Maya Bay, Phi Phi y Railay). Ao Nang no nos gustó, y las excursiones tampoco por lo masificadas que están: Maya Bay es espectacuar, por supuesto, pero has de hacer un gran esfuerzo en imaginarla vacía, sin los cientos de turistas que la visitan a la vez que tú.
La visita que más disfrutamos fue la de Railay (desde Ao Nang se llega enseguida en barquita, compras el billete junto al mar y te van distribuyendo en las long tail boats que esperan en la orilla).

Y lamentablemente, todo lo bueno se acaba… volamos de Krabi a Bangkok por la mañana para pasar nuestra última noche en la ciudad que nunca duerme antes de volver a casa.

Alojamiento:

En Bangkok nos hospedamos en el Park Saladaeng Hotel.

Puesto que teníamos claro que en Kaoh Yai queríamos hacer las excursiones por el parque con Greenleaf, nos adaptamos a su oferta de alojamiento escogiendo finalmente el Ruen Mai Gnam Resort.

En Luang Prabang, puesto que alargamos más la estancia de lo que teníamos previsto en un principio nos alojamos en hoteles diferentes: Villa Ban Phangluang (queda al otro lado del Nam Ou, por lo que para llegar al centro, aunque solo se tarda unos minutos, hay que cruzar el puente de bambú que solo se construye en temporada seca. El precio para cruzar el puente es de 5.000 kips ida y vuelta, y por la noche no se paga. La banana cake del desayuno, por cierto, estaba deliciosa) y Le Bougainvillier (este último nuestro preferido)

En Vientian nos alojamos en el hotel Ibis.

Las primeras noches en Koh Lanta nos alojamos en Serendipity hotel, y la última en una habitación espectacular, una villa frente a la playa, en el Long Beach Chalet, nuestro capricho del viaje.

En Ao Nang acertamos de pleno, nos hospedamos en el Marina Express Fisherman y nos encantó.

Comidas para destacar:

En Bangkok, nuestra amiga tailandesa Fon nos descubrió un sitio para cenar que nos encantó: Khinlomcomsaphan, frecuentado por tailandeses y pegado al Chaopraya.

En Luang Prabang, la primera noche cenamos en Dyen Sabai, un restaurante precioso con una cocina realmente buena.
Después de una semana en la ciudad, tenemos claro que para cenar, nuestro restaurante preferido es Bamboo Tree, un local acogedor con platos riquísimos; y para comer, la tienda de fideos Xieng Thong, donde comer un riquísimo caldo de fideos de arroz con cerdo y huevo ¡por 12.000 kips el plato!
Para merendar, se puede visitar el puesto de bollería que hay a las puertas del Hotel Índigo o entrar a la cafetería del propio hotel, o pararse en los puestos callejeros que hay justo enfrente para pedir fruta, zumos, crepes o bocadillos.

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