7 may. 2017

Copenhague

Nuestra visita de cuatro días a Copenhague nos ha servido para descubrir una ciudad con rincones preciosos como el canal Nyhavn o el parque de Friederiksberg, lugares únicos como Christiania o barrios tan interesantes cono Norreport. ¿El secreto para sobrellevar las largas caminatas? Los smorrebrod de Aamanns, las magdalenas de ruibarbo de Lagkagehuset y los puestos de comida callejera de Papiroen.

Como nos alojamos en un apartamento en Friederiksberg, al llegar al aeropuerto de Copenhague cogimos el metro (36 DKK por persona) y en 20 minutos llegamos a nuestro destino. Para llegar a la zona de la estación central conviene coger el S-tog (tren de cercanías).

A continuación enumeramos cuáles han sido nuestros puntos preferidos de cada una de las zonas que hemos visitado sabiendo que se nos quedan lugares atractivos por conocer pero contentos por haber exprimido bien estos cuatro días en la capital de Dinamarca.

Nyhavn, un canal precioso bordeado de casa de colores que puede visitarse en un ambiente tranquilo entre semana o bastante más animado el fin de semana.
Paseando desde el canal se puede llegar al Designmuseum Danmark, a la plaza Amalienborg (para ver a las 12h. el cambio de guardia), al Kastellet (una fortaleza en forma de estrella del siglo XVIII) y a la famosa Sirenita.

Christiania, la comuna más famosa de Europa. Lo ideal es recorrerla saliéndose de la calle principal para empaparse bien del ambiente. Lo que más nos gustó, pasear por Dyssen, un camino paralelo a Christiania que discurre junto al agua rodeado de árboles y salpicado de casas de cuento.
Si se llega hasta la zona, recomendamos subir los 400 escalones de la torre de la Vor Freslers Kirke (40 DKK) y, eso sin falta, comer en el Copenhagen Street Food de Papiroen.

Tívoli, el segundo parque de atracciones más antiguo del mundo, un lugar de estética retro al que se puede acceder simplemente a pasear sin subir a ninguna de las atracciones comprando un ticket de 110 DKK.

Norrebro. Una de las mañanas del viaje la iniciamos recorriendo el barrio de Norrebro en busca de sus populares grafitis, el BaNanna Park, el bonito cementerio Assitens Kirkegard y el fotogénico parque Superkilen. Una zona que nos gustó mucho.

Osterbro, callejeamos el barrio hasta dar con Olufsvej, una bonita calle con casitas de colores que, según cuenta la Lonely Planet, pertenecen a periodistas de renombre. Aprovechamos para entrar en Normann Copenhagen, repleto de objetos de diseño en un atractivo edificio que antaño fue un cine.

Norreport
Lo que más nos gustó de la zona, el Botanisk Have, que recoge la mayor colección de plantas de Dinamarca. Tampoco hay que perderse el mercado de Torvehallerne KHB, con puestos para comprar pero también para comer o darse un capricho dulce.

Vestrebro
De este barrio (con callecitas encantadoras como Vaernedamsvej) nos quedamos con el cementerio, Vestre Kirkegard, y sus preciosas calles arboladas; y con la zona de Kodbyen, un poligno industrial lleno de bares y restaurantes.

Strogret, el corazón histórico de la ciudad, una zona peatonal llena de tiendas y cafeterías por las que dar un animado paseo, visitando algunas tiendas como Illums Bolighus o Hay House o probando la tarta más popular de la pastelería La Glace, la más antigua de la ciudad: la sportskage de turrón, nata y profiteroles (57DKK la porción).

Slotsholmen. La zona del palacio parlamentario, del edificio de la bolsa con su pináculo en forma de colas de dragón entrelazadas, y de la biblioteca (la más grande de Escandinavia, preciosa, por cierto, por dentro y por fuera).

Friederiksberg. Aprovechamos el sábado para recorrer el barrio en el que nos hospedamos para comprobar cómo los daneses disfrutan comprando en los mercadillos de segunda mano (Loppertorv, en Smallegade) y para recorrer uno de los parques que más nos ha gustado de todos los que hemos visto por el mundo, el Frederiksberg Have.


Gastronomía

En Copenhague hay muchísimas opciones interesantes para comer y conocer la nueva cocina nórdica o los platos clásicos de la gastronomía danesa, en cualquier guía y en las revistas de viajes hay decenas de listas que recomiendan qué restaurantes visitar. 

En nuestro caso nos decantamos por opciones más sencillas y bocados rápidos que nos dieran energía para recorrer a pie la ciudad. ¿Nuestros preferidos? Cock’s & Cows, en Gammel Strand 34, unas hamburguesas riquísimas y unos aros de cebolla igual de buenos para acompañarlas. Los puestos de comida callejera del Copenhagen Street Food de Papiroen (en la isla de Christiansholm, conectada a Christianshavn por un puente). Lagkagehuset, para disfrutar de un tierno rollo de canela o una riquísima magdalena de ruibarbo. E, imprescindible, el smorrebrod de Aamanns Takeaway, en el número 10 de Oster Farimagsgade, en especial el de tartar de lomo de ternera, para comerse 10 seguidos, vaya.


19 jun. 2016

Nueva York II

En nuestra segunda visita a Nueva York, hemos andado sin descanso para recorrer algunas de las zonas y barrios de esta atractiva ciudad: Midtown, Chelsea, Flatiron District, Chinatown, Brooklyn, Williamsburg, Coney Island… Entre paseo y paseo, hemos buscado las mejores hamburguesas, pizzas, cronuts, perritos y otras sabrosas bombas calóricas para ir reponiendo fuerzas y nos hemos sorprendido con los eventos con los que hemos coincidido en la Gran Manzana.
En nuestro anterior viaje a NY visitamos los principales museos de la ciudad y algunos de sus puntos atractivos más populares. En esta ocasión, el objetivo fue diferente: pasear, pasear y pasear para ir descubriendo, por ejemplo, que recorrer la Highline (antigua vía de tren elevada reconvertida en parque) puede ser un plan genial para comenzar el día, que los apasionados del ajedrez tienen una cita obligatoria en el Washintong Square Park, o por qué la librería Strand aparece siempre en las listas de paradas imprescindibles.

Así que esta vez, este post no será un resumen cronológico estricto de nuestro día a día, sino más bien una enumeración de zonas, calles, restaurantes o comercios que llamaron nuestra atención y que recomendaríamos a cualquier amigo que nos consultara. ¡Buen viaje a Nueva York!
Si en vuestro viaje podéis conseguir pasar el fin de semana en NY, no os arrepentiréis. Hay mercados de antigüedades, de comida y otras actividades y eventos por los que vale la pena coincidir. Nuestro sábado, por ejemplo, comenzó con la visita al Chelsea Market, un precioso edificio que tiempo atrás funcionó como fábrica de galletas y que hoy acoge un conjunto de tiendas de diseño, moda y alimentación chulísimas. 
De ahí fuimos a ver qué ofrecían los puestos de productos orgánicos y agricultura ecológica del Union Square Greenmarket, el mercado agrícola más popular de NY.
Ese fin de semana en concreto coincidió que se celebraba en Madison Square park la convención anual Big Apple Barbecue, así que, aprovechamos para probar la carne que estaban preparando algunos de los mejores maestros de la barbacoa del país.
Aprovechando la zona en la que estábamos, fuimos directos a Eataly, una gigantesca tienda de productos de alimentación italianos y, para acabar de llenarnos el estómago, nos dirigimos a Smorgasburg, la zona de comida del Brooklyn Flea en Williamsburg, el barrio de moda.
Después de comer, recorrimos a pie la avenida Bedford, y nos sumergimos en un viaje en el tiempo. Atravesar el barrio judío de Brooklyn un sábado es especial. A continuación cruzamos el puente hacia Manhattan poniendo el punto final a un día lleno de sabores y sensaciones inolvidables.
El domingo empezamos la mañana yendo a Central Park, nos acercamos al mercado de antigüedades de la Avenida Columbus con la 77 y aprovechamos para visitar Zabar´s (parada obligatoria para foodies).
Coincidió que se celebraba ese día el desfile del Día Puerto Rico, un evento que cuenta con más de medio siglo de tradición y que reúne a miles de personas entre las cales 44 y 86 de la 5ª avenida. ¡Menudo ambiente! Fue una suerte poder vivirlo en primera persona.

A mediodía cogimos el metro y en una hora llegamos a Coney Island. Para comer, lo teníamos claro, queríamos probar los perritos de Nathan´s Famous. Tras la parada, recorrimos las atracciones del famoso Luna Park y el paseo marítimo frente a la playa. Decir que la zona estaba ambientada sería quedarnos cortos…

De entre todas las visitas que hicimos el resto de días, podríamos destacar, por ejemplo, el Brooklyn bridge park (desde donde se pueden divisar unas magníficas vistas del sur de Manhattan y del puente de Brooklyn); el puente de Brooklyn (cruzarlo hacia Manhattan); los estanques construidos en la Zona Cero donde antaño se erguían las torres gemelas (un monumento sobrio e impactante por su significado); la zona de South Street Seaport nos encantó por sus tiendas, sus calles adoquinadas y su ambiente); Chinatown; la estación Grand Central...

Indicamos a continuación algunas de las tiendas a las que entramos y que, para nosotros, sin duda merecen una visita.
Philip Williams Posters. Una tienda de posters espectacular. Hay más de medio millón de posters deportivos, de temática publicitaria, sobre cine, de viajes, etc. La tienda, cercana a la zona de Wall Street, bien merece una vista. 112 de Chambers Street.
Obscura Antiques. Una tienda esotérica, muy curiosa y que ha protagonizado incluso un programa en televisión. 207 Avenue A (entre la calle 12 y la 13).
En cuanto a la oferta gastronómica, decir que es imposible probar la espectacular oferta que posee la ciudad, pero a continuación enumeraremos algunos de los bocados típicos que no hay que perderse:
Nuestra primera noche cenamos en un clásico, Carnegie Deli, pedimos un Carnegie Deli hot pastrami, sándwich de pastrami, por supuesto. 854 de la 7ª avenida. Y el último día volvimos a saborear el pastrami, esta vez, en Katz’s Delicatessen, ¡no podíamos volver sin probarlo!
La pizza de Joe’s pizza.
Burger & lobster, un restaurante muy bonito con tres opciones para escoger: hamburguesa, rollo de langosta (riquísimo) o langosta.
Cronut de Dominique Ansel. Queríamos probar este híbrido entre croissant y donut en el lugar donde nació, así que hicimos algo de cola y pudimos probarlo.
Tacos Morelos. En la agradable zona de St Marks Place, este local pequeño y cutre sirve unos tacos bien cargados y muy ricos. (Imposible olvidar el sabor de la cochinita pibil o de los tacos al pastor…)
Cheesecake de Junior’s. Fuimos al puesto de la Grand Central pero estaba cerrado, así que cambiamos la ruta y paramos en la tienda cercana a Times Square. La tarta de queso es suave, consistente, y está realmente buena.
Cerca del hotel descubrimos un tailandés, Obao, con unos calamares picantes riquísimos.
Una comida obligatoria, P. J. Clarke´s, una de las que se afirma está sin duda entre las mejores hamburguesas de NY. (44 de la calle 63, frente a Lincoln Center).
¿Otro bocado interesante? Los knishes de patata de la mítica Yonah Schimmel, en el 137 de la calle Houston.
Si hay que escoger un donut, tal vez uno de los mejores sea el de Doughnut Plant. 220 de la calle 23, entre la 7ª y la 8º avenidas.

Notas

Durante nuestra visita, nos hemos alojado en el hotel Yotel, en la 10 avenida, entre la calle 41 y 42. Un hotel moderno con una recepción peculiar: el check in lo haces tú mismo en un ordenador y el servicio de custodia de equipajes por si el día de salida necesitas dejar las maletas unas horas está robotizado. Además, el hotel cuenta con un agradable terraza para desayunar o cenar. Las habitaciones no son muy grandes pero el espacio está muy bien aprovechado. Para nosotros, una opción realmente recomendable.

Para llegar desde el aeropuerto JFK al centro de la ciudad, cogimos el air train (5 $) hasta Jamaica Center y de ahí la línea que nos interesaba para llegar al hotel.

Para visitar NY, es necesario rellenar por Internet, con al menos 72 horas de antelación a la llegada, el formulario ESTA (tasa, 14$).



5 mar. 2016

Tailandia II y Laos

Ha sido hasta el momento nuestro viaje más largo. Hemos vuelto a Tailandia, pero hemos visitado lugares como Ayutthaya, Khao Yai o la mágica Koh Lanta que no conocíamos, y hemos repetido otros (Bangkok) pero para vivir en ellos experiencias distintas a las de aquella primera vez. Además, hemos aprovechado para visitar Laos, donde hemos descubierto una ciudad que nos ha cautivado: Luang Prabang.

Llegamos a primera hora de la mañana a Bangkok. Para ir del aeropuerto de Suvarnabhumi al hotel cogimos el Airport Rail Link hasta la estación de Phaya Thai y ahí cambiamos al BTS. En algo menos de una hora llegamos a nuestro destino.
Es la segunda vez que visitamos Bangkok, pero sabemos que en esta ocasión nos va a mostrar de nuevo todo aquello que tanto nos gustó de ella y a enseñar muchas cosas que aún desconocemos.
Cenar en Chinatown, visitar el domingo el mercado de Chatuchak, asistir a una de las múltiples ferias gastronómicas o culturales que celebran en la explanada del Central World, o recorrer cualquiera de los barrios de la ciudad y ser testigo de cómo la vida de los vecinos se desarrolla casi todo el tiempo en la calle, es sencillamente genial. Empaparse de las imágenes que la ciudad ofrece es un regalo para los urbanitas como nosotros. Es así, andando, además, como se descubren algunos de los rincones más encantadores que guarda Bangkok, como el templo que encontramos junto a la parada de metro de Sam Yan.

De las visitas que hicimos en nuestro primer viaje, solo quisimos repetir una, la del Gran Palacio, pero tras comprar la entrada, acceder y comprobar que era imposible moverse entre tanto grupo y palos de selfie, decidimos salir enseguida. Puesto que estábamos cerca, nos acercamos a ver la famosa calle de los mochileros, Khao San road, dimos una vuelta por allí, comimos y por la tarde nos fuimos al Monte Dorado donde está el Wat Saket, una visita que recomendamos sin dudar.

Una visita que, para nosotros, valió la pena y mucho fue la que hicimos a Ayutthaya. Cogimos una minivan en los alrededores de Victory Monument (preguntamos hasta saber desde dónde salían los que iban en la dirección que nos interesaba) y en una hora llegamos a nuestro destino. Una vez allí, pactamos con un conductor de tuk tuk el precio para que nos fuera llevando a los templos principales, y la visita (pese a que ese día pasamos un poco de frío aunque suene a broma hablando de los alrededores de Bangkok) fue maravilloso.

Una de las experiencias que con más cariño recordaremos del viaje fue la clase de cocina tailandesa a la que nos apuntamos en Silom Thai Cooking School. Una clase completísima, muy participativa, que empezó comprando en el mercado y preparando después todos los platos del menú que había previsto (en la sede central de la escuela, por cierto, un lugar precioso).

Por cierto, e hilando con el tema gastronómico: recorrer los pasillos del supermercado de Siam Paragon o visitar la zona de restauración del MBK  Center se quedan ya como una de nuestras recomendaciones para quienes quieran alucinar con la cantidad de productos que venden en el supermercado o probar especialidades de comida callejera en un entorno más fresco que la calle.

Otros lugares que visitamos y nos encantaron y no queremos dejar de anotar para que no se nos olviden son: el mercado flotante de Taling Chan (para llegar hasta él cogimos el autobús número 79 a las puertas del Central World), el templo hindú de Sri Mariamman o el parque Lumpini. ¡Ah! Y siguiendo los consejos de la Lonely Planet buscamos hasta dar con él, el Ruen-Nuad Massage Studio (en el número 42 de Thanon Convent), donde nos dimos un masaje de pies increíble.

Tras seis días en la capital, dejamos Bangkok y cogimos una mini van para ir hasta Pak Chong. Una vez allí, llamamos a los chicos de Greenleaf Tour para que nos recogieran. Empezaba nuestra visita al parque nacional más antiguo del país. Llegamos a Khao Yai a mediodía y después de comer, comenzamos nuestro medio día de excursión para ver cómo, al atardecer, millones de murciélagos dejan atrás la cueva en la que se refugian para iniciar su caza nocturna.

Al día siguiente nos adentramos en el Parque Nacional con la misión de descubrir la vida que se esconde entre la vegetación del parque: aves, monos, mariposas, cocodrilos, grandes mamíferos. Aunque finalmente no conseguimos ver ningún elefante, que era el atractivo principal del parque, el trekking fue chulísimo.

Tras estos maravillosos días por Tailandia, nuestra siguiente visita será Luang Prabang. Llegamos desde Bangkok en avión (16:15-18:05). Desde el aeropuerto fuimos al hotel en tuk tuk (50.000 kips). Esa noche cruzamos el puente de bambú para hacer una primera visita al centro y al mercado nocturno.

Para entrar a Laos hay que gestionar el visado en el propio aeropuerto. Hay que llevar una foto de carnet y pagar 30 euros.

Al día siguiente llega el momento de recorrer la ciudad y visitar sus templos. Empezamos por el espectacular That Chomsi subiendo hasta el Phu Si. Una visita muy recomendable, puesto que en el ascenso vas descubriendo templos y figuras de Buda (incluso su supuesta huella) que hay entre las rocas y la vegetación.
El resto de los templos de la ciudad son también espectaculares, dando un agradable paseo se recorre la mayoría hasta llegar al Wat Xieng Thong, uno de los más turísticos pero que también hay que ver.

Si el paseo nos ha cansado, siempre se puede ir a descansar a Utopía, un oasis para relajarse con cojines reclinables y cerveza fría, cocos, zumos, tés revitalizantes…

Un buen plan para acabar la tarde, ver la puesta de sol desde una barca. Paseando por la orilla del Mekong te ofrecerán el viaje los propios barqueros (precios sobre 40.000 kips de 16:30 a 18:00).

Aprovechamos nuestra estancia en Luang Prabang para participar en el tour “un día como mahout” de Elephant Village. Nos recoge en el hotel el guía que nos acompañará. Escogimos Elephant Village porque después de mucho leer, y tras hablar con personas que ya habían hecho el tour allí, nos pareció que eran los más respetuosos con los animales y nos gustó su filosofía.
El campamento está gestionado por una pareja de alemanes que rescata elefantes que han sido utilizados en duros trabajos y les dan aquí una segunda vida, vigilando que solo trabajen determinadas horas al día y porque de alguna manera tienen que financiar su cuidado y alimentación.
El tour de medio día que hicimos nosotros consiste en una breve explicación del lenguaje básico que utiliza el mahout, un trayecto en elefante y el momento de bañar a los elefantes en el río. Después, cunado los elefantes se van a descansar, por la tarde visitas en barquita unas cataratas y vuelves al campamento para regresar al hotel. Precio, alrededor de 100$ por persona.

Luang Prabang es también un buen destino para recorrer en bici. Nosotros así lo hicimos y nos encantó. Nos las prestan en el hotel y, aunque son un poco viejecillas, con ellas recorremos el centro de la ciudad de nuevo y finalmente cruzamos a la otra orilla del Mekong con un ferry (10.000 kips por persona); a este lado, junto a la localidad de Ban Xieng Maen se pueden realizar varios circuitos (por caminos de tierra) para ir visitando algunos pequeños poblados que se extienden por la zona.

Otra visita que puede llevarse a cabo fácilmente desde la ciudad es la de Pak Ou Cave. La cueva, en realidad hay dos, repleta de figuras de Buda, es la excusa, lo mejor de la excursión es la travesía hasta allí, recorrer el Mekong hasta las cuevas te permite disfrutar de unos bonitos paisajes de una manera relajada. El viaje cuesta 65.000 kips comprando el billete directamente en el embarcadero que hay frente a la cafetería Saffron u 80.000 si se compra en una agencia.
Se tardan 2 horas hasta llegar, 1 para la visita y 1 hora y media para regresar.

Por último, otra experiencia particular de Luang Prabang es la ceremonia del Tak Bat al amanecer (a las 6h). Los monjes recorren las calles descalzos mientras los fieles depositan pequeñas bolitas de arroz en sus cuencos. Nosotros la vimos desde la zona de nuestro hotel (alejada del centro) y por lo que hemos leído, fue menos multitudinaria pero más auténtica que si e acercas al centro a verla, puesto que no estábamos rodeados de turistas como parece que ocurre en el otro supuesto.

Con pena y encantados de haberla conocido, nos despedimos de la ciudad cogiendo el sleeping bus que nos llevará a Vientian (comprando el billete en una agencia nos cuesta 175.000 kips por persona con el desplazamiento en tuk tuk a la estación incluido). ¿Recomendable? Bueno, a nosotros nos gustó la experiencia, pero un trayecto tan largo por esas carreteras llenas de baches, no es tampoco una maravilla…

La capital de Laos no es un lugar que nos haya gustado especialmente, pero, aprovechamos los días que pasamos en ella para ver cuantas más cosas, mejor: sus templos (Wat Si Saket, Haw Pha Kaeo, Wat Si Muang, Pha That Luang…); el mercado de Talat Sao; su arco del triunfo, Patuxai; el conjunto de esculturas de Xieng Khuan (llegamos con el autobús 14 desde la estación junto a Talat Sao), exprimiéndola al máximo.

Tras nuestra estancia en Vientian, volamos a Krabi. Pasamos la noche en Krabi para marchar al día siguiente hacia Koh Lanta. Si pudiésemos volver atrás, intentaríamos evitarlo, ya que no acabamos de verle el atractivo a la ciudad, pero es cómodo porque es desde aquí desde donde parte el ferry que nos llevará a la isla.

¡Qué días tan maravillosos pasamos en Koh Lanta! Tal vez no destaque por tener las playas más espectaculares del país, pero por su ambiente relajado a nosotros nos ha conquistado.
Aunque teóricamente el ferry desde Krabi tarde dos horas en llegar, el viaje realmente se alargo hasta tres. En el puerto de Saladang pagamos la tasa de 10 baths que hay que abonar por entrar a la isla, y desde ese momento, nuestro plan fue descansar y disfrutar de esta isla que nos enamoró inmediatamente.
Un buen plan en Koh Lanta es alquilar una moto e ir a visitar otras playas (nosotros en concreto fuimos hacia el sur de la isla, y nos encanto descubrir Kantiang Bay, por ejemplo).

De Koh Lanta viajamos hasta Ao Nang, nuestra penúltima parada en el viaje. Decidimos pasar unos días aquí para poder visitar algunos de los lugares más populares de la zona (Maya Bay, Phi Phi y Railay). Ao Nang no nos gustó, y las excursiones tampoco por lo masificadas que están: Maya Bay es espectacuar, por supuesto, pero has de hacer un gran esfuerzo en imaginarla vacía, sin los cientos de turistas que la visitan a la vez que tú.
La visita que más disfrutamos fue la de Railay (desde Ao Nang se llega enseguida en barquita, compras el billete junto al mar y te van distribuyendo en las long tail boats que esperan en la orilla).

Y lamentablemente, todo lo bueno se acaba… volamos de Krabi a Bangkok por la mañana para pasar nuestra última noche en la ciudad que nunca duerme antes de volver a casa.

Alojamiento:

En Bangkok nos hospedamos en el Park Saladaeng Hotel.

Puesto que teníamos claro que en Kaoh Yai queríamos hacer las excursiones por el parque con Greenleaf, nos adaptamos a su oferta de alojamiento escogiendo finalmente el Ruen Mai Gnam Resort.

En Luang Prabang, puesto que alargamos más la estancia de lo que teníamos previsto en un principio nos alojamos en hoteles diferentes: Villa Ban Phangluang (queda al otro lado del Nam Ou, por lo que para llegar al centro, aunque solo se tarda unos minutos, hay que cruzar el puente de bambú que solo se construye en temporada seca. El precio para cruzar el puente es de 5.000 kips ida y vuelta, y por la noche no se paga. La banana cake del desayuno, por cierto, estaba deliciosa) y Le Bougainvillier (este último nuestro preferido)

En Vientian nos alojamos en el hotel Ibis.

Las primeras noches en Koh Lanta nos alojamos en Serendipity hotel, y la última en una habitación espectacular, una villa frente a la playa, en el Long Beach Chalet, nuestro capricho del viaje.

En Ao Nang acertamos de pleno, nos hospedamos en el Marina Express Fisherman y nos encantó.

Comidas para destacar:

En Bangkok, nuestra amiga tailandesa Fon nos descubrió un sitio para cenar que nos encantó: Khinlomcomsaphan, frecuentado por tailandeses y pegado al Chaopraya.

En Luang Prabang, la primera noche cenamos en Dyen Sabai, un restaurante precioso con una cocina realmente buena.
Después de una semana en la ciudad, tenemos claro que para cenar, nuestro restaurante preferido es Bamboo Tree, un local acogedor con platos riquísimos; y para comer, la tienda de fideos Xieng Thong, donde comer un riquísimo caldo de fideos de arroz con cerdo y huevo ¡por 12.000 kips el plato!
Para merendar, se puede visitar el puesto de bollería que hay a las puertas del Hotel Índigo o entrar a la cafetería del propio hotel, o pararse en los puestos callejeros que hay justo enfrente para pedir fruta, zumos, crepes o bocadillos.